Reflexión
Desde que la figura de María se asoma a las páginas del Evangelio, nos damos cuenta de su sencillez y de su grandeza, precisamente porque así es como hace Dios las cosas.
Y podemos afirmar que toda la aureola que rodea a María le viene sólo por una sencilla razón: porque creyó.
Es la única condición que pondrá Jesús a todo el que quiera poner en práctica lo que Él enseñó y realizó: CREER.
Entonces la figura de María se convierte en la de la mujer que creyó a la palabra de Dios, que no dudó; María fue la primera cristiana porque fue la primera que creyó.
Y María se aprendió bien la lección de la fe: toda su vida fue una consecuencia de su creer, de su sí. No creyó para cumplir el expediente, porque así lo exigían las reglas; creyó convencida de que era la única manera de responder al amor de Dios.
Oración:
María:
Tú eres la causa de nuestra alegría
y queremos alegrarnos contigo.
Nos alegramos porque creciste,
nos alegramos porque eres la Madre de Dios,
nos alegramos porque supiste guardar y conservar
la palabra de Dios en tu corazón,
nos alegramos porque eres estrella y faro,
nos alegramos porque eres la luz de Cristo,
nos alegramos porque eres la Madre de la Iglesia,
nos alegramos porque eres puente
que nos acerca hasta Dios.
Nos alegramos porque tus ojos
nos muestran la claridad de Dios,
nos alegramos porque eres nuestra Madre.
Nos alegramos y somos felices contigo,
ayúdanos a creer,
a fiarnos de Dios plenamente,
a cumplir sus palabras
que son la única verdad.
María, tú que creíste sin vacilar
ayuda a nuestra debilidad en la fe.
Madre, que experimentemos el gozo de la fe.