Reflexión
Los hombres van haciendo realidad la profecía de María: «… me llamarán dichosa todas las gentes…».
Asomamos nuestros ojos y vemos que todo nos habla de ella:
Ermitas sencillas, morada de su imagen.
Campanas alegres que repican en las grandes solemnidades.
Jóvenes que se llaman como ella.
Las estrellas, el mar…
Todos juntos, hombre , mujer y creación, se unen en el himno de reconocimiento de las grandezas de María.
Y en el interior de todo esto, palpita un corazón amante de hijos que, orgullosos de tal Madre, se entusiasman y lanzan a los cuatro vientos esta canción:
Hombres y mujeres del mundo, alegraos y cantad de alegría porque tenemos una madre que es una «joya» nada menos que la misma Madre de Dios.
Oración:
María:
Nuestro corazón joven
no aguanta tanto gozo, tanta grandeza:
nuestra madre es la Madre de Dios.
Hoy nos reunimos para aclamarte con toda la humanidad;
son muchas las gentes
que sienten y viven lo que nosotros;
son muchas las personas
que se alegran por lo grande que eres;
Queremos unirnos todos
y con una gran voz
y un sólo corazón
decirte que sí, que eres fenomenal.
Y como a veces
las palabras quedan sin sentido
porque rebuscamos mucho,
te aclamamos sencillamente
como bienaventurada, dichosa, feliz…
y te decimos sencillamente:
Ave, María.
Madre, tus hijos te aclamamos dichosa.